viernes, enero 25, 2008

Objetos Peronistas

Caballito de Mar que predice el clima.
Azul = Buen tiempo
Rosa = Lluvia
Violeta = Puede salir para cualquier lado (como el Peronismo)


jueves, enero 24, 2008

Sortilegio

Suena el sol
en el brillo que pasea entre tus labios.

Y hay un ángel
que se esmera
en disfrazar el deseo.

Y se expande el sortilegio
que avecina estrellas
( y sensuales comisuras )
en el momento exacto
en que te esperaba.

Los placeres se te enfrentan
y las noches se me escapan.

Y antes del amanecer
verás que el cielo
no surge inesperado

Y una vez más
chocarán los cuerpos
dando vida
en algún compás inexplicable.

Y tus labios serán alba.
Y mis manos darán gracias.

Es el tiempo del verdor
que antecede las caricias.

domingo, enero 20, 2008

Una Luca Cuatrocientos

El vidrio estaba empañado. Siempre sucedía lo mismo, el
calor de los cuerpos era intenso. El lo sabía. Quizás la
única razón para seguir con ella era esa: el calor de su
cuerpo. Un cuerpo joven y tierno, propio de la edad, de
su manía ( ya que de otra forma no podía llamarlo ) por
el gimnasio y las dietas. Una chica light, como tantas.
Puso primera y aceleró. La dejó en su casa y volvió
a sentir esa sensación inevitable al enfriarse y volver
a usar la cabeza. Una sensación de vacío.
- Chau, nos vemos... - fue lo único que le dijo a esa
muchacha cuya mirada no podía, ni quería, sostener. En
su autoestéreo, Calamaro le aconsejaba no enamorarse. Como
si él no lo supiera..!.
Llegó al bar. La estructura del boliche era bastante van-
guardista, de un aspecto duro, como todo en los ´90. Las
paredes estaban con los ladrillos originales a la vista sin
ningún tipo de protección salvo algún resto de pintura
vieja que, con el paso del tiempo, había perdido su tona-
lidad quedando de un color indefinido. Lo que hacía mas
valiosa su aparición. La barra, que era de madera, alguna
vez haba estado laqueada pero ahora la habían cepillado
dejándola al natural, algo que daba al lugar un toque de
pulpería. El equipo de audio era de nivel profesional, con
unos graves que sonando al máximo movían los vidrios de
las ventanas como si hubiera una tormenta. A él le gustaba
particularmente ese tipo de sonido que marcaba los golpes
del bajo, instrumento que amaba incondicionalmente. Toda-
vía recordaba el primer día que se usó ese equipo. Era có-
mico observar las caras de desconcierto y desesperación de
los habitués ante la potencia desgarradora de la música.
Algunos hasta se miraban pensando que se habían equivocado
de bar. Que va a ser..., era como siempre había dicho: "Si
este boliche estuviera en la costa, el Pelado se hubiera
llenado de guita". Toda la estructura estaba sostenida por
varios rieles de acero lustrado que tenían grabado el logo
"SOMISA-ARGENTINA". Era irónico: los sostenes de la es-
tructura de la mayoría de las edificaciones del país te-
nían vigas hechas por una empresa estatal ahora en ma-
nos extranjeras. Pasaría lo mismo con las estructuras del
país ?. Quizás este era un hecho premonitorio como tantos
otros, desgraciadamente, ya cumplidos.
La música era ahora suave y elaborada como un buen vi-
no. Era la hora en que todos se van a bailar y su amigo
Andrés se pone fino, acariciando los parlantes con esas
joyitas que solo él puede poner. Se sentó en la barra,
al lado de la caja, y le pidió un cortado al Facu:
- Como siempre, sin espuma.
Lo saludaron con esa costumbre del boliche, como solía
saludar él en sus días de laburante en el bar, despec-
tivamente; lo que era señal del más puro aprecio hacia
el otro. Esa costumbre de la gastada incisiva y el eno-
jo fingido caracterizaba el trato entre los que se que-
rían ahí adentro. Le alcanzaron el cortado, siempre con
dos azúcares, y siguiendo con el ritual le brindó una
puteada afectuosa al cafetero criticando ácidamente
cualquier aspecto de su obra; de puro acostumbramiento.
Escuchó el enganche de Sting con Jean Luc Ponti y,
cerrando los ojos, se dejó llevar por el dulce gemido
del violín mágico del francés.
Le tocaron el hombro y automáticamente se dio cuenta
que Andrés lo había detectado en un segundo de distrac-
ción ocasionado, seguramente, al pedir una rejilla para
limpiar la barra. Se dió vuelta y lo saludó irónicamente
con la frase de siempre:
- Que hacés trolo...
- Bien, troleando. Y vos, de donde venís?, si se puede
saber... - fingió Andrés.
Le extrañó la pregunta ya que Andrés cuando pone música
no se entretiene ni se desconcentra con nadie. Bueno,
después de todo eran muy amigos y podía permitirse una
licencia para con él, pensó irónicamente.
- Vengo de enroscarme con la pendeja - comentó con un
dejo de abulia. Su voz era opaca.
- Mira vos el jeque... - exclamó jocosamente Andrés que
conocía muy bien ese tono de voz, tratando de levantarle
el ánimo.
- ...y aguantaste o te fusiló la enana - prosiguió con el
mismo aire de sorna.
- Que se yo..., estoy para el orto.
- Por qué ?!, si es buena merca. Además, siempre viene bien
un poco de carne joven...
- No jodas que vos sabés como es, cuando llega el des-
pués no se puede hablar de nada. Encima se pone roman-
ticosa y rompe con que me ama y que no puede vivir sin
mí, con que se quiere casar y todas esas boludeces. Te
digo: si hablara con una décima parte de la calidad con
la que se mueve me caso mañana.... Te lo juro.
- Y, son las contras de africarte una pendeja; pero bue-
no, vos sabías..., para hablar en serio tenés a otra gente,
me tenés a mí.
- Sí, ya sé - lo interrumpió, - pero no la aguanto más.
Encima quiere que vaya a la casa, con los viejos, y toda
esa historia.
- Ah, pibe! aguante. Total vos sos un tipo sociable -
ironizó nuevamente Andy.
En ese instante se cortó la música y atravesando el silencio reinante
se escuchó al Negro curtiendo con voz de locutor:
- ...lleva Maradona, toca para Caniggia...
Andrés le respondió, ante la carcajada generalizada de
los presentes, con esa mirada de superioridad complacien-
te que tan bien le sale en esos casos, luego se dio vuel-
ta y desde la casetera inferior empujó al aire a Frank
Zappa y su "Bobby Brown". El adivinó que ese tema era un
regalo que Andrés le hacía y aceptó asintiendo con la ca-
beza. Esa canción lo alucinaba desde la primera vez que
la escuchó, hacía ya como cuatro años.
-Qué tal, no te podés quejar como te trato - retomó Andy.
-Sí, es lo único bueno que me pasó esta noche.- remató, y
de su bolsillo, dudando, sacó un papel doblado en cuatro
partes. Se lo tiró a su amigo y le dijo:
- Leé y matame.
Andrés desdobló con asombro esa hoja arrugada donde se
adivinaba un membrete conocido y, a medida que leía, su
cara de nene de siempre fue tomando un gesto serio y a-
dusto que no podía ocultar su preocupación. Lo miró con
actitud de compañerismo y, mordiéndose el labio inferior,
intentó encontrar una explicación.
- Que vas a hacer? - inquirió entonces.
- No sé, todo mal.
- Pero escuchá, esto lo hablaste?. Mirá que no es joda.
- No, si ya te dije que no puedo - interrumpió nervio-
samente mientras prendía un cigarrillo - vos sabés como
es la enana, hace lo que yo quiero. Pero en esto ella
tiene que decidir sola. No puedo obligarla o inducirla a
nada...
Se quedó pensando. A partir de ese papel nada volvería
a ser igual. El tiempo se le iba y tenía miedo. Sentía
que muchos sueños se le esfumaban y que quizás no podría
realizar nada de lo que tenía planeado para el futuro.
Muchas cosas cambiarían y él, interiormente, no soporta-
ba pensar que la vida que llevaba llegara a su fin.
Era parecido a una mudanza. Uno encuentra cosas que ha-
ce tiempo no veía y se resiste a tirarlas o regalarlas
pensando que, seguramente, las necesitará en el instante
posterior al desapego. En su caso, al recibir ese papel,
había empezado a encontrar en su cabeza muchos proyectos
e ideas que, por no ser urgentes, creía haber olvidado.
Ahora que las veía mientras su vida “mudaba”, se resistía
a desprenderse de ellas y le parecían de una gran im-
portancia, con la diferencia de que, quizás, ya no las
podría realizar.
- Pero igual - intentó de nuevo Andrés - buscá la forma.
- No sé, que querés que te diga, ni siquiera yo sé que
es lo que quiero...
- Pero no tenés mucho tiempo, a lo sumo veinte días, des-
pués se te va a complicar...
- No, ya sé, no tenés una luca para prestarme?
Andrés sonrió ante el pedido como sonreiría un ciego al
que le pedimos ayuda para enhebrar una aguja.
- Tanto no tengo. Pero de menos de una luca cuatrocientos,
con suerte, no zafás. Yo te puedo aguantar tres gambas.
- Sí, lo que sea. Tengo que averiguar bien, buscar un
buen lugar. Te imaginás que no puedo ir a cualquier la-
do.
- Estas seguro de lo que vas a hacer?. Vos sabés que es-
to es muy grosso.
- Pará, no me enterrés más, algo se me va a ocurrir.
Andrés largó al aire ese clásico de The Police llamado
"So lonely" y él se sintió tan identificado que sonrió y
le golpeó el hombro con una mezcla de bronca y confianza
- Vos siempre metiéndome el palo...
- No es fácil, ya sé - tranquilizó Andy - pero en lo que
pueda contá conmigo.
- Sí, pagame un pasaje a Jamaica y no vuelvo más.
Andrés sonrió.
El se levantó, le dijo al Pelado que le anote el cor-
tado y, puteando en general a los empleados-amigos, se
fue. Le dio un beso a Andy que lo había acompañado hasta
la puerta y se abrazaron de esa forma que usa la gente
cuando sobran las palabras. Salió. La noche le pareció
más fría. Al llegar a la esquina escuchó el saludo final
de su amigo que, desde la puerta del bar, le decía con esa
voz deformada que usan las mascaritas: - Suerte papá!,
que le vachaché...
No supo si era una de sus tantas ironías, o un último in-
tento fraternal por tranquilizarlo.
"Una luca cuatrocientos..." pensó, sabiendo que no se-
rha nada fácil conseguirlas y que, por sobre todas las
cosas, en caso de lograrlo, no tendría los huevos para
cometer un... asesinato?.

lunes, enero 14, 2008

La Mujer

La mujer estaba dormida. Sola, en una cama de dos plazas con
los parantes de bronce con barrotes rectangulares, levemente
redondeados en las aristas, que brillaban con la exigua luz de
la luna que se colaba por el ventanal. La noche era apenas
ventosa, lo que hacía que las cortinas bailaran acompañando
la brisa, creando un sugestivo juego de sombras sobre el
cuerpo que yacía durmiendo tranquilamente. Las paredes del cuarto estaban cubiertas por un empapelado claro, quizás color crema, con guardas más oscuras a veinte centímetros del techo. La mesa de
luz era de madera y mármol con un antiguo velador de pantalla
inmensa, que alguna vez habría sido ámbar. Se adivinaba buen
gusto en la decoración, propio de una persona clásica en sus
elecciones y de un nivel social medianamente alto.
Hacía ya mucho tiempo que la venía observando, de noche,
como hoy, pero desde afuera. Ella estaba de espaldas, boca abajo,
apenas cubierta con una sábana clara como su piel. Una piel e-
ternamente suave y blanquecina. El calor intenso había obli-
gado a que su cuerpo necesite dormir sin ropas dejando así
que su perfume lo invadiera todo. El pelo rizado cayendo has-
ta perderse dentro de la sábana, a la altura de la cintura,
sus glúteos, que se adivinaban perfectos y, como tantas noches
los había visto desde lejos e imaginado, tibios e insinuantes.
Y la curva de su sexo. Sugestivo, y tan cercano...
No podía dejarse llevar. Ella era demasiado hermosa y, por
primera vez, la belleza lo paralizaba. Era el rostro femenino
mas dulce que sus pobres ojos habían visto a pesar del efecto
de las drogas y esa media de mujer que a veces se apretaba en
su cara. Era una de esas increíbles realidades que hacen pen-
sar que Dios es justo y logra compensar tantas cosas atroces
con estos finos milagros propios de su naturaleza divina. Y
precisamente a él le pasaba tenerla tan al alcance de la ma-
no... Podía sentir la vibración de sus párpados al soñar, co-
mo mariposas sobre sus ojos, tan próxima que por un instante
perdió totalmente la noción del espacio y del momento.
Comenzó a transpirar y su respiración empezó a agitarse junto
con su pulso. Sintió miedo. El conocía ese estado y sabía que
en cualquier instante podía cometer un error fatal para sus
ambiciones. Y esa mujer ahí, tan indefensa y tan quieta...
Pensó en saltar sobre ella, con un pañuelo en la mano para
amordazarla, y después de satisfacer sus instintos dedicarse
a lo que realmente lo había llevado a vigilar todas las noches
desde hace casi un mes ese cuarto. Despacio, meticulosamente
había seguido y anotado todos los movimientos de esa
habitación. Sabía que la mujer vivía sola, que los miércoles la
visitaba un hombre corpulento que tenía el pelo corto, segura-
mente jugador de rugby, y sacrificaba a esa criatura tan frágil con
sus movimientos torpes y cabríos. Alguna vez hasta pensó en
matarlo, pero esa no era su especialidad. Además no sabía por qué
se le cruzaba ese pensamiento de que ya llegaría el momento de
librarla de este energúmeno que rompía todo el encanto de ese
dormitorio.
Pero esta noche el que estaba ahí era él, a solas, y con la
mujer dormida profundamente. A veces ella balbuceaba cosas
inentendibles y daba vuelta su cabeza hacia el otro lado,
siempre boca abajo. A veces hasta sonreía, dejándolo petri-
ficado con el encanto de sus labios que lo perturbaban a tal
punto que más de una vez tuvo que ir a tomar aire contra el
ventanal. El mismo ventanal que tantas veces había estudiado
y esperado ansiosamente que dejaran abierto, como hoy. Y en-
tonces, después que la muchacha se durmiera como tantas ve-
ces, había trepado por la pared que da al jardín y en silencio se
había internado en ese cuarto que, desde adentro y con la mujer
durmiendo, parecía mágico.
Mientras trataba de recomponerse, sacó su linterna de la mo-
chila y sin poder contener el impulso empezó a iluminarla
lentamente. Recorrió uno de los pies que se había salido de
la sábana y lo encontró pequeño y armonioso, digno de una
reina. Siguió subiendo suavemente con el haz de luz e inten-
tando no perder el dominio de sus actos empezó a quitar con
sumo cuidado la única tela que cubría las piernas más gráci-
les y mejor torneadas que había visto en ésta y en cualquiera
de sus vidas anteriores. Sintió algo en el pecho al verla
así, sin nada que la proteja y a su total disposición, que lo
dejó helado. Se estaba enamorando de ese cuerpo perfecto e
inmutable. Estaba totalmente vencido por esa forma humana tan
exacta y pura que lo cegaba entre tanta oscuridad, dejándolo
despreciable e indefenso, sin saber qué hacía allí esa noche.
Totalmente confundido apagó la linterna y empezó a tem-
blar. Tenía frío, a pesar de lo pesado del ambiente, y se mal-
dijo una y otra vez por ser tan débil ante la situación que
se le presentaba. No podía arruinar todo de esa manera. Eran
noches enteras mirando ese cuarto desde lejos, aguardando el
momento preciso para entrar y llevarse todo tal como lo había
pensado. Pero no contaba con que esa presencia en la cama lo
turbara de ese modo. Enloquecido ya, la maldijo en voz baja y,
con una rapidez indescriptible, empezó a desnudarse, tirando
su ropa contra las paredes, como un poseído. Se sacó el pañue-
lo negro que le cubría el pelo y lo tensó entre sus manos mi-
rando a su víctima. No verificó que la puerta de entrada al
cuarto estuviera con llave. Además ya no le importaba otra
cosa más que esa mujer; así que se le tiraría encima, le taparía
la boca y luego cumpliría con lo que ahora se le revelaba co-
mo su única y verdadera intención al entrar allí: hacerla suya.
Respiró hondo por última vez y de un salto trepó a la cama
cayendo sobre ella. Sintió que la mujer despertaba y al tratar
de amordazarla vio que la muchacha no podía oponer resistencia
a sus movimientos. También sintió un tirón que movió la cama y,
atónito, observó como de cada una de las muñecas de su víctima
salía un pañuelo de seda que la ataban al parante de la cabe-
cera. Miró entonces la cara de la mujer que, con los ojos tran-
quilos, separaba las piernas y lo miraba diciéndole: - ... No
te asustes, te estaba esperando...-.

martes, enero 08, 2008

Domingos

Otra vez es domingo (ese día que para vos puede ser tan triste) y el cuerpo insiste en mandarme a la cama.

Está bien... no es todo tan simple, ni tan fácil, y menos para personas como vos que tienen ese lunar tan exacto bajo los labios.

Cuando por fin la quietud y la soledad llegan, y la heladera me tortura con el ruido de sus engranajes, mi mano derecha se prepara para intentar (junto a la fiel birome que se resiste a perderme) plasmar una parte de mi alma. Es como una pulsión, como una cosquilla de esas que se sienten en la montaña rusa, el deseo de escribirte, de sublimarte, de encontrar una y mil excusas razonables para evitar tenerte. Y aunque suene irrisorio, esas puntadas que me dan al verte se disuelven ante el simple hecho de tu suerte, que parece echada e imposible de torcer.

Pasan los tiempos (léase minutos, segundos, días enteros) y mis microvidas se resisten a encolumnarse en sentido martinezco de una forma tan inexplicable que, a veces, temo haber usado demasiado el cerebro. Y aunque podría hablarte de tus piernas imposibles, de tus cejas de paréntesis en celo, de tus manos sabias o, quizás, de tu pobre corazón (que culpa tiene él?, a veces me pregunto) cansado y ciclotímicamente constante, prefiero esgrimirte predicciones abusando de mi pseudo-percepción (que no es más que experiencia transformada) para lograr en tu rostro, tan turco, una luminosa sonrisa (por fin! ) esperanzada.

Pero es domingo y el cuerpo insiste en mandarme a la cama.

N el A: Su apellido es Martinez.